agosto 29, 2006

minuto 25



















El alma enmudecida se deja
rozar de mi luz que la detiene
las sombras que la aquejan
entibian al silencio
éste, a su vez,
se retuerce en gritos.

Ha llegado la nostalgia de la unión
que no responde,
que calló para que el tiempo avanzara
por un humo consumido tras los días
que atisbados por las dudas crecieron entre
Horas.

El alma sobrecogida
no obedece al pulso de esta sangre.
Ahora duerme sin visiones
y con oscura palidez
besa
manchas que no hablan.

Ha cesado el silencio
llorando lágrimas sin ruido;
y como el frío llora entre tierras
entre pétalos erosionados,
el aire algún día
derrocará a los dioses
en las alturas,
liberando cientos de ánimas,
rompiendo al
alma
dormida.

agosto 07, 2006

de imagenes susurradas




V
Dos sonidos lloran mis gotas,
la caída se desliza por el roce
que sigue inmanente tras la tierra que se esconde.
Son cien dedos diluidos,
que brotan por senderos rojizos
van quemando sin vencer a mi tiempo
y que en un minuto más colgarán desde su vientre
que no sueña.
Y en presencia de cien ojos
rasgo la putrefacción
de toda conciencia irracional.
Vuelve a dormir, si mis párpados no quieren,
para que así tu rostro vuelva a desdibujar
a cien cuerpos torcidos.
Tres sonidos palpan.
Balbuceo todas las señales híbridas
que atraviesan sin cerrar
lo que acaba sin mi última gota .

imagenes susurradas





I
Profundo descenso roba el aliento que se ahoga,
bajo tierra y desaforada,
el alma,
desde arriba
despinta sin sombras, ojos que ofenden
a toda una distancia.
Los pies,
hundidos de abrirse
interiorizan lo que se recorre desde adentro
para que lento el palpitar susurre un llanto arrebujado
y así su alma entintada de nuestros rostros
y pecaminosa de muecas
vaya desde un inicio
deteniéndose para un final.

agosto 02, 2006

eros |




Fue de noche y dejó de intentar encaramarse sobre el altar impúdico, sin lograr como siempre, sujetar la señal humana del endiosado creador. Nunca calzó los blancos zapatitos, mucho menos vistió el traje santo, que la coronaba como reina entre todas las benditas señoritas. Ella desvistió la fé de su hábito y se bajó del temor, caminó hacia el umbral sin arrodillarse, sin pedir la absolución de buenas noches y se encerró con las sábanas viejas hasta la madrugada, entregándose fervorosamente a la plegaria de sus dedos. Cayó en pequeños saltos pélvicos librando al remordimiento en sílabas y cruzó la lengua cuando la maldad sin culpa se acomodó sobre su cuerpo sin ropa.
A las cinco, media hora antes de que la suprema viniese a despertarla, corrió por los oscuros pasillos hasta llegar al padre, le golpeó la puerta. ÉL despeinado le reconoció inclinándose con sus calzoncillos largos, la dejó pasar sin cuestionarle él líquido de la boca -el padre santo se persina - y vuelve a la cama de rodillas, arrastrandola con el cinturón que cayó en besos - él no deja de persinarse – y suda. Ahora que olvida la imagen de la santa iglesia, la revienta con su atómica voz que emana por debajo de su deslavada ropa interior color obispo; el escote quiso quebrar la camisa, desplomando las mangas por el hombro, desató los tirantes e insisitó probar el azúcar que duerme entre piernas, se humedeció los labios y cuidadosamente acarició a su contrincante. La hermana María, limpia las migas de ostia triturada con sus manos y las guía por sus puntiagudos pezones vírgenes.
Se oyen las primeras campanas del nuevo domingo. Él no quiere predicar el evangelio, menos si se encuentra dentro de la carnosa fertilidad de la hermana; se topan en la mirada del esfuerzo por contener el aullido de la última oración que les provoca beber la sangre de cristo al sentir el pecado en placer. Ya consumada la comunión, ella se levanta y comienza a orar junto a él sin sotana, se perdonan ante dios, María llora el lamento de la debilidad de ser mujer mientras el padre la viste de hábito y le obliga con una palmadita salir antes de que vuelva a sonar el campanario de su catedral.
La hermana corre por los pasillos con cara de Magdalena, dobla hacia su cuarto y choca con la madre superiora que la apedrea con sus buenos días.
Luego en misa, se buscan en complicidad, el padre la comulga y ella recoge el cuerpo de jesús con las mismas que recorrieron el sexo de la autoridad, la que representa a dios aquí, en la tierra sacramentada.