agosto 02, 2006

eros |




Fue de noche y dejó de intentar encaramarse sobre el altar impúdico, sin lograr como siempre, sujetar la señal humana del endiosado creador. Nunca calzó los blancos zapatitos, mucho menos vistió el traje santo, que la coronaba como reina entre todas las benditas señoritas. Ella desvistió la fé de su hábito y se bajó del temor, caminó hacia el umbral sin arrodillarse, sin pedir la absolución de buenas noches y se encerró con las sábanas viejas hasta la madrugada, entregándose fervorosamente a la plegaria de sus dedos. Cayó en pequeños saltos pélvicos librando al remordimiento en sílabas y cruzó la lengua cuando la maldad sin culpa se acomodó sobre su cuerpo sin ropa.
A las cinco, media hora antes de que la suprema viniese a despertarla, corrió por los oscuros pasillos hasta llegar al padre, le golpeó la puerta. ÉL despeinado le reconoció inclinándose con sus calzoncillos largos, la dejó pasar sin cuestionarle él líquido de la boca -el padre santo se persina - y vuelve a la cama de rodillas, arrastrandola con el cinturón que cayó en besos - él no deja de persinarse – y suda. Ahora que olvida la imagen de la santa iglesia, la revienta con su atómica voz que emana por debajo de su deslavada ropa interior color obispo; el escote quiso quebrar la camisa, desplomando las mangas por el hombro, desató los tirantes e insisitó probar el azúcar que duerme entre piernas, se humedeció los labios y cuidadosamente acarició a su contrincante. La hermana María, limpia las migas de ostia triturada con sus manos y las guía por sus puntiagudos pezones vírgenes.
Se oyen las primeras campanas del nuevo domingo. Él no quiere predicar el evangelio, menos si se encuentra dentro de la carnosa fertilidad de la hermana; se topan en la mirada del esfuerzo por contener el aullido de la última oración que les provoca beber la sangre de cristo al sentir el pecado en placer. Ya consumada la comunión, ella se levanta y comienza a orar junto a él sin sotana, se perdonan ante dios, María llora el lamento de la debilidad de ser mujer mientras el padre la viste de hábito y le obliga con una palmadita salir antes de que vuelva a sonar el campanario de su catedral.
La hermana corre por los pasillos con cara de Magdalena, dobla hacia su cuarto y choca con la madre superiora que la apedrea con sus buenos días.
Luego en misa, se buscan en complicidad, el padre la comulga y ella recoge el cuerpo de jesús con las mismas que recorrieron el sexo de la autoridad, la que representa a dios aquí, en la tierra sacramentada.